El 2025 para Sueños de un Tulpa no fue simplemente tiempo transcurrido, sino un rito de iniciación. En la soledad del sendero independiente, Jhon González Amortegui, líder de este proyecto musical colombiano, aprendió que la verdadera alquimia sonora requiere paciencia y sacrificio; la forja del artista es un abismo que devuelve la mirada. Fue un año de materialización prolífica en el que la banda logró rasgar el velo en cinco ocasiones. Invocó la fuerza humana con ‘Resiliente’ y la cruda realidad de ‘Evanescente (6402)’; exploró antiguos grimorios en ‘Malleus Maleficarum’ y rindió tributo a los padres de la oscuridad con la versión de ‘Solitude’. Finalmente, cerró el ciclo abrazando el vacío existencial con ‘Lo Absurdo’. Aunque la obra nunca está completa y el hambre de creación es un devorador insaciable, cada paso ha servido para construir los cimientos de este templo sonoro. Este proyecto sigue explorando combinaciones que inquieten la realidad, buscando siempre esa frecuencia única capaz de inducir el trance.
«Para este nuevo ciclo, mi ambición es profundizar el trance. Mi meta es invocar mucha más música, puliendo la alquimia de mi composición y producción, y asegurándome de que las visiones visuales (videos) estén a la altura de lo sonoro. Seguiré buscando la gnosis de este oficio, lanzando nuevos fragmentos de esta historia hasta lograr materializar un grimorio completo: un álbum que compile mis invocaciones más potentes a la fecha. Mi búsqueda es incansable hacia sonidos inexplorados; quiero que escuchar Sueños de un Tulpa sea rasgar el velo de la realidad habitual y encontrar algo verdaderamente extraño y único», cuenta el artista.
‘Segundo acto’ es lo nuevo de Sueños de un Tulpa, es la materialización sonora de la maldición descrita en El Rey de Amarillo de Robert W. Chambers. En esta obra ficticia, el Primer Acto es una trampa de aparente normalidad, una introducción inofensiva que baja las guardias del lector; sin embargo, el Segundo Acto revela verdades universales tan terribles que la mente humana colapsa al leerlas. En la canción, la voz es de un invocador iluso que demanda saber la verdad, creyéndose digno de portar la ‘omnisciencia cósmica’ del Rey de Amarillo. La historia explora el terror de la incomprensión: el momento exacto en que la ambición se convierte en ‘exterminio total’. Habla de la fragilidad humana ante lo primigenio; de cómo, al intentar someter fuerzas más allá de nuestro entendimiento, terminamos siendo nosotros los sacrificios de un horror que no tiene nombre.
La canción explora la intersección entre la crudeza del rock y la inmensidad del cosmos. La canción se cimienta en una base sólida de bajo, guitarra y voz, pero está envuelta en capas de sintetizadores que respiran una estética ochentera. No es solo música, es ambientación. Utiliza pasajes instrumentales que invitan al trance y a la introspección, fusionando géneros para que el oyente sienta que está viajando a través de las eras. El objetivo es que cada nota contribuya a la narrativa del horror cósmico: bello, vasto y aterrador.
El soporte visual es una ventana directa al ‘ritual prohibido’ que narra la canción. La historia sigue a una secta en el proceso de invocar a la entidad Hastur, el Rey Amarillo, y a una mujer que se ofrece voluntariamente como ‘recipiente’ para esta fuerza abismal», agrega Sueños de un Tulpa.
Según Jhon González, «Visualmente, jugamos con el engaño: al principio parece que ella logra contener la gnosis, pero pronto la ‘cruda realidad’ se impone y la entidad la consume de forma horrorosa, desdibujando su psique hasta hacerla dudar de su propia existencia antes de esfumarla. Aquí radica un giro crucial respecto a la letra: mientras que en la canción canto sobre la soberbia de querer controlar lo incontrolable, el video revela al final que la motivación de la protagonista era altruista. Es una tragedia mayor: demostrar que al horror cósmico no le importan las buenas intenciones humanas; el resultado sigue siendo el exterminio».


























